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Arqueología

México cuenta con una enorme riqueza arqueológica considerada como la mayor en América Latina, pues a la fecha se pueden visitar dos mil zonas arqueológicas de más de tres mil años de antigüedad, que revelan la herencia cultural de México.

Fue Don Porfirio Díaz quien, en el siglo XIX, promulgó el primer ordenamiento legal que señalaba que los vestigios arqueológicos eran responsabilidad de la nación.

Para las fiestas del centenario de la Independencia de México, en 1910, se habilitaron para la visita del público las zonas arqueológicas de Xochicalco y Teotihuacán, registrándose desde ese entonces una importante afluencia de visitantes.

Región centro

La región centro del país cuenta con un rico acervo arqueológico, destacando el llamado Templo Mayor, ubicado en el centro de la Ciudad de México, y en el que se pueden admirar vestigios de las diversas etapas de construcción de los templos. Por ejemplo, los templos a Huitzilopoxhtli y Tlaloc, una piedra de sacrificios, una representación pétrea de la dios de la luna Coyolxauhqui, y se destaca un Chac Mool (estatua de origen tolteca, labrada en piedra y que representa a un personaje recostado de cubito, con las piernas recogidas y el torso levantado. Sostiene un recipiente imaginario en el vientre y no representa a un personaje en particular), que data de la primera etapa de construcción, pocos años después de la fundación de Tenochtitlán.

Teotihuacán, localizada a 40 Km (24.85 mi) de la Ciudad de México, en el estado de México, es uno de los sitios arqueológicos más visitados del país. Conocida como la Ciudad de los Dioses, se consideró como el asentamiento más grande del periodo precolombino, y fue declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987.

El sitio, que comenzó a ser construido en el año 100 a. C., y cuenta con pirámides dedicadas al Sol y a la Luna.

Hacia el norte de la ciudad de México a 94 Km (58.41 mi), en el Estado de Hidalgo, se fundó la ciudad de Tula y en sus inicios compartió el territorio con los otomíes.

Los toltecas, que se establecieron en esta región a mediados del siglo VII, rindieron principalmente culto a Quetzalcóatl, dios al que erigieron un impactante templo con monumentales pilares llamados “Atlantes” (estatuas con figura de humanos y que se utilizan como columnas), que sostenían un techo de 4.8 m (15.74 ft) de altura.

En el estado de Morelos a 21 Km (13.04 mi) de Cuernavaca y a 90 Km (55.92 mi) de la Ciudad de México, se pueden visitar las zonas arqueológicas de Tepoztlán, ubicada en lo alto del Cerro Tepozteco, y la de Xochicalco, centro religioso y científico en el que se realizaron importantes observaciones de la bóveda celeste, nombrado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Además en el estado de Puebla se puede admirar el centro ceremonial de Cholula, a la que se le califica como la pirámide más grande de Mesoamérica con una altura de 65 metros (71.11 yd 213.25 ft).

Cacaxtla, localizada en el estado de Tlaxcala, a 75 Km (46.60 mi) de la Ciudad de México, es una de las zonas arqueológicas más interesantes, pues en ella se conservan, en perfecto estado, un número importante de murales que datan de los años 650 a 900 d. C. Además, muy cerca de este sitio se pueden admirar las Pinturas rupestres del Abrigo Rocoso, que tienen una antigüedad de 6 mil años.

Región del Golfo de México

Esta zona corresponde a los estados de Veracruz y Tabasco donde se desarrolló la cultura madre de Mesoamérica: los olmecas. Esta cultura remonta sus orígenes al año 1200 a.C. y su desarrollo cultural, social, político y religioso influenció al resto de las culturas que florecieron en México y Centro América.

Olmeca significa “gente del país del hule” y se asocia a la región donde se establecieron. Este grupo fundó tres centros principales: San Lorenzo, La Venta y Tres Zapotes. Produjeron importantes esculturas y pirámides que el visitante puede admirar, como cabezas monumentales de varias toneladas de peso, esculpidas en piedra con una altura que van de 1.5 metros (4.921 ft) hasta los 3 metros (9.842 ft).

Región del Pacífico

Oaxaca y Michoacán son dos de los estados, culturalmente hablando, más ricos de México, y en ellos se desarrollaron culturas como la mixteca, la zapoteca y la purépecha.

Los grupos mixtecos y zapotecos desarrollaron centros ceremoniales de notoria belleza arquitectónica, destacando los de Monte Albán, nombrado por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad y Mitla.

Monte Albán, a 10 Km (6.21 mi) de la Ciudad de Oaxaca, es un conjunto arquitectónico considerada como la primera ciudad importante del mundo mesoamericano.

En ella se descubrieron construcciones dedicadas al culto funerario, práctica poco común entre las culturas prehispánicas. Dentro de estas tumbas se localizaron restos humanos ricamente ataviados, acompañados de ofrendas.

También se puede observar un juego de pelota de 25 metros (82.02 ft) de largo, la Galería de los Danzantes con influencia olmeca, además de numerosas inscripciones que dan cuenta de la vida de este grupo, así como apuntes calendáricos.

Por otra parte, a 32 Km (19.88 mi) de la Ciudad de Oaxaca se localiza Mitla, que significa lugar de muertos, fue habitado desde etapas prehistóricas, y al paso del tiempo se convirtió en un centro cultural de vital importancia para los mixtecos y zapotecos.

Está integrada por cinco grupos arquitectónicos, y los edificios están decorados con frisos con grecas que se asemejan a las decoraciones geométricas utilizadas por los egipcios.

Región Norte

Descubierta por los españoles en 1565, la ciudad de Paquimé está considerada como el conjunto prehispánico más importante de la región norte del país.

Fue construida en la Sierra Madre, en lo que hoy es el estado de Sonora, y alcanzó su mayor auge entre los años 1200 y 1400 d. C. Las construcciones son de adobe y de acuerdo a las crónicas contaba con edificaciones de siete pisos, torres y muros a la manera de fortaleza.

Paquimé, llamada Casas Grandes por los españoles, fue designado como Patrimonio Cultural de la Humanidad. En este sitio arqueológico se pueden admirar vestigios de sus construcciones de tierra apisonada.

Toda la ciudad era abastecida de agua potable a través de un sistema de canales y aljibes, ambos alimentados por una acequia, y tanto los patios como las plazas contaban con drenajes que captaban el agua de lluvia.

El sito arqueológico tiene una extensión de 25 mil metros cuadrados (9.75 mi cuadradas) y para contrarrestar la erosión de este territorio árido, sus habitantes construyeron enormes edificaciones cerca de las laderas, impidiendo el paso del agua y orientándolo a los campos de cultivo.